Luis I. Gordillo. 25 noviembre 2024
Opinión. Ondacero Bilbao. Audio disponible aquí

«El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente «, esta frase acuñada por el historiador Lord Acton en el siglo XIX, sintetiza un principio que los líderes democráticos no deben ignorar: el mandato debe ser temporal y limitado para evitar que los sistemas democráticos sucumban a las ambiciones personales. La esencia de este principio consiste en la capacidad de un líder para dejar el poder a tiempo, una decisión que marca la diferencia entre un legado honorable o una herencia de crisis.
Cuando un líder se aferra al poder, las instituciones comienzan a tensionarse. Los mecanismos de control se diluyen y la separación de poderes se resiente, mientras que las leyes se acaban convirtiendo en instrumentos para perpetuar el mandato, transformando el Estado en una herramienta personalista. Esta concentración de poder afecta directamente a la independencia judicial, debilita los órganos legislativos y mina la confianza pública en las instituciones.
El impacto de la resistencia a dejar el poder a tiempo también se extiende al partido gobernante. La negativa del líder a facilitar la transición provoca divisiones internas que debilitan a la organización política, comprometiendo su capacidad para adaptarse a nuevas circunstancias.
La negativa a dejar el poder también polariza profundamente a la sociedad. Los líderes suelen dividir a la población entre seguidores incondicionales y opositores considerados enemigos. Esta polarización no solo dificulta el diálogo político, sino que afecta directamente a la convivencia ciudadana. Las tensiones se traducen en violencia verbal, señalamientos y campañas desinformativas.
Uno de los mayores perjuicios que genera este comportamiento es el impacto sobre la libertad de prensa. En aquellos sistemas en los que los líderes se aferran al poder, los medios críticos son censurados, o pierden subvenciones públicas, y sus periodistas son señalados y acusados de ser fabricantes de bulos. Esto empobrece el debate público y limita el acceso de la población a información plural.
Por el contrario, los líderes que saben retirarse a tiempo logran preservar la cohesión social y consolidar un legado positivo.
En última instancia, la decisión de abandonar el poder en el momento adecuado refleja no solo la integridad personal del líder, sino su compromiso con la democracia y la estabilidad de su país.
Un líder democrático debe entender que su mandato es un servicio temporal, no una propiedad. Saber retirarse en el momento oportuno, anteponiendo los intereses del país a los personales, no solo refuerza las instituciones democráticas, sino que garantiza un legado positivo. En última instancia, la historia valora a los líderes que, al dejar el poder, fortalecieron la democracia y abrieron paso a una sociedad más justa y equitativa.
El poder no debe durar más de lo necesario, porque el mejor momento para dejarlo es antes de que empiece a corromper a quienes lo ejercen. ¿Y cómo saber cuándo llega este momento? Cuando en la cabeza del líder, los aplausos de los partidarios suenen más fuerte que las críticas de los detractores.