Los partidos de la democracia

Luis I. Gordillo. 9 junio 2025

Opinión. Onda Cero Euskadi. Audio disponible aquí

En los sistemas parlamentarios con tendencia al bipartidismo, los terceros partidos son como esas olas que rompen junto a las rocas de un acantilado: intermitentes, impetuosos y a menudo efímeros. Surgen cuando el edificio tradicional se agrieta. Cuando el debate político está muy polarizado entre dos opciones fundamentales, es habitual que las dos tiendan a anularse mutuamente y que surja una tercera opción. A veces esta tercera vía surge dentro de alguno de los partidos tradicionales, recurriendo a alguna cara nueva, como sucedió con el “la tercera vía” que, de la mano del partido laborista, convirtió a Tony Blair en primer ministro.

En España lo hemos visto con claridad en la última década. En un contexto de crisis institucional y desafección creciente, nacieron Ciudadanos, Podemos y, posteriormente Vox. Pero este fenómeno no es exclusivo de España. En Francia, Emmanuel Macron construyó En Marche!, surgió la Francia insumisa y se está consolidando la opción de Le Pen.

Hoy, en Reino Unido, asistimos a un fenómeno similar. Reform UK, el partido liderado por Nigel Farage —el eterno agitador de las costuras del sistema— encabeza las encuestas en intención de voto. Su discurso, nítidamente populista, se nutre del descontento post-Brexit que, por cierto, él mismo provocó, del rechazo a la inmigración y de la percepción de que los partidos clásicos —conservadores y laboristas— han dejado de hablar el idioma de la calle. La diferencia es que, esta vez, Farage no se presenta solo como provocador, sino como opción de gobierno. La rabia empieza a organizarse.

No todos los terceros partidos nacen del mismo tipo de crisis. Cuando lo que colapsa es la eficacia —la incompetencia, la corrupción, el hastío hacia las caras de siempre— surgen nuevas marcas con apariencia más moderna, pero que en esencia replican modelos conocidos. En cambio, cuando los partidos tradicionales dejan de conectar con los problemas reales de la sociedad —con la vivienda, los salarios, la salud mental o la inseguridad— y se encierran en guerras culturales o en la autocomplacencia, lo que emerge son partidos antisistema, iliberales, que prometen soluciones simples a problemas complejos. Es en ese espacio donde crecen Vox, Le Pen o Reform UK. Partidos que tratan a los votantes como clientes cabreados a los que hay que satisfacer rápido, no como ciudadanos a los que hay que convencer con argumentos.

Entre los sectores sociales que más apoyan a estas terceras opciones están, paradójicamente, los más conectados y los más olvidados. Por un lado, jóvenes que consumen política en redes sociales, que desprecian la retórica parlamentaria y que buscan autenticidad y soluciones rápidas. Por otro, clases medias bajas que se sienten traicionadas por un sistema que les prometió movilidad social y les entregó precariedad, alquileres imposibles y sueldos congelados.

La pregunta es: ¿por qué surgen estas terceras opciones? Y la respuesta no hay que buscarla solo en el hartazgo ciudadano. Hay que mirar también dentro de los partidos tradicionales. Cuando renuncian a hacer política, cuando se dedican a eliminar rivales internos, cuando confunden disciplina con servilismo, cuando convierten el aparato en un fin en sí mismo, acaban dejando vacíos. Y esos vacíos se llenan.

En Estados Unidos, a pesar de su cerrado sistema bipartidista, políticos tan dispares como Bernie Sanders o Donald Trump han tenido cabida dentro de los partidos tradicionales. Lo que muestra que los partidos no son ideologías monolíticas, sino contenedores de corrientes diversas. Allí, Elon Musk puede coquetear con la idea de un nuevo partido, pero a largo plazo, el sistema volverá al bipartidismo perfecto.

En Europa, en cambio, donde los sistemas parlamentarios permiten más flexibilidad, la tentación de construir terceros partidos es recurrente. Aunque, como demuestra la experiencia, la mayoría fracasa si no construyen una organización sólida, si no conquistan una identidad duradera o si no renuncian a ser plataformas personalistas.

Los partidos deben ser útiles a la sociedad. Deben hablar claro, asumir costes a corto plazo, rendir cuentas. El funcionamiento oscuro, el culto al líder, la opacidad de las decisiones internas y la ausencia de debate democrático son el abono perfecto para que nuevos actores entren en escena prometiendo lo de siempre: que ellos sí son diferentes. El fracaso habitual de estas opciones hace que se acabe cuestionando no ya a los partidos, sino al propio sistema democrático. Los partidos políticos tienen una importante responsabilidad como garantes de la democracia, deben ser medios, no fines. Herramientas democráticas para canalizar la voluntad ciudadana, seleccionar representantes, debatir ideas y proponer políticas públicas responsables. Pero, con tanto ruido, ¿serán capaces de oír el mensaje?

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