Luis I. Gordillo. 21 octubre 2024
Opinión. Onda Cero Euskadi. Audio disponible aquí (minuto 11:05)

Este pasado fin de semana han concluido las celebraciones de otra fiesta de importación que ya es un clásico en nuestro país: la Oktoberfest. Este evento de origen bávaro que ya cuenta con versiones en todo el mundo, se celebra entre finales de septiembre y primeros de octubre y recuerda los fastos de celebración popular que se decretaron con motivo del anuncio de la boda entre el que sería Luis I de Baviera y la futura reina consorte, Teresa de Sajonia-Hildburghausen en 1810.
Para entonces, llevaba vigente casi 300 años la conocida como Ley de la Pureza de la Cerveza de 1516 (Reinheitsgebot) que otro soberano bávaro, entonces ducado, decretó para establecer la composición oficial de la cerveza, que sólo podría contener tres ingredientes: agua, malta de cebada y lúpulo. La existencia de la levadura como ingrediente diferenciado no se conocía aún, aunque ya participaba en el proceso de elaboración de este producto que estuvo casi monopolizado durante largo tiempo por los monasterios germanos.
Pero, ¿qué llevó a Guillermo IV, soberano de Baviera, a decretar esta ley de pureza en 1516? Para casi todos, incluidos buena parte de los amantes de este caldo espumoso, se trataba de proteger una elaboración ortodoxa de la cerveza, garantizar su calidad y establecer un control del precio de la misma que evitara su escalada. En realidad, como casi todas las medidas proteccionistas, escondía otros objetivos:
- Por una parte, quería acabar con la alta demanda de trigo y centeno que enfrentaba a productores de cerveza y panaderos. Para ello, se dispuso que sólo podría usarse cebada para hacer la cerveza, con lo que se pretendía que hubiera más cereal de trigo y centeno disponible para los panaderos.
- Por otro lado, se buscaba evitar que se comercializaran en Baviera cervezas elaboradas en el norte que ya contenían algunos productos y aditivos que resultaban muy atractivos para los consumidores, pero que no se podían cultivar en Baviera.
- Además, y quizá esto fue lo más importante, el propio Guillermo IV tenía el monopolio del mercado de la cebada y de esta manera pretendía proteger sus propios intereses, evitando que los maestros cerveceros pudieran encontrar sustitutivos para su elaboración.
Esta medida técnicamente ha producido efectos en mayor o menor medida hasta que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea intervino en marzo de 1987 a petición de unos productores franceses que se quejaban de que su producto no podía venderse en Alemania con la denominación de Cerveza porque no respetaba esta histórica composición.
¿Cuáles han sido los efectos de esta normativa? ¿han sido buenos o malos? Pues como sucede con este tipo de medidas proteccionistas, es muy bueno para unos, muy malo para otros y en general regular, tirando a mal para la gran mayoría. A pesar del sistema sancionador que estableció esta norma, que incluía multas y confiscaciones, no se consiguió reducir significativamente ni el precio del cereal, ni el del pan, ni el de la propia cerveza, más bien lo contrario, además, aparecieron mercados negros paralelos. Los principales beneficiaros fueron los productores germanos, tanto del cereal como de la cerveza, y dado que no tenían competencia podían establecer altos precios. Además, los cerveceros no tenían incentivos para mejorar su producto y, como consecuencia, el desarrollo de la industria cervecera alemana, se vio superada desde muy pronto por casi todos sus vecinos.
Nada impide que se comercialice un producto o servicio que tenga unas características muy determinadas, pero prohibir que se comercialicen otros que cumplen el mismo fin con la excusa de que no se adecúan a las normas del oficio o del sector, sólo beneficia a unos pocos y nos perjudica a todos, ya hablemos de hoteles-pisos turísticos, taxis-ubers o cervezas puras o de sabores.