Notre Dame, templo de la política

Luis I. Gordillo. 9 diciembre 2024

Opinión. Ondacero Bilbao. Audio disponible aquí

¿Puede Notre Dame salvar la presidencia de Macron?

El polémico historiador francés Ernest Renan decía que “Los símbolos son el alma de las naciones; en ellos se condensa la memoria de los pueblos y la esencia de sus aspiraciones”. Quizá la máxima expresión de esta afirmación la podamos encontrar en la reapertura oficial de la Catedral de Notre Dame de Paris, un evento que ha reunido a lo más granado de la política y la sociedad mundial y donde lo importante no es tanto quién ha asistido sino quién no lo ha hecho. 

Notre Dame, más allá de un templo grandioso, constituye un símbolo de la historia política, cultural y espiritual de Europa. A lo largo de sus más de ocho siglos de existencia, esta icónica catedral ha sido testigo y protagonista de algunos de los momentos más significativos de la civilización occidental.

Desde su construcción en el siglo XII, simbolizó el poder y la influencia de la Iglesia católica en la Edad Media, así como la centralidad de París en el contexto europeo. Bajo el reinado de Felipe II, llamado “el Augusto”, la catedral comenzó a erigirse como un testimonio de la fe cristiana y de la ambición política de los Capetos, quienes buscaban consolidar el reino de Francia como el eje de la cristiandad. Con su inauguración, Notre Dame no solo reafirmó la importancia de París como centro religioso, sino también como un espacio para la legitimación del poder real.

Durante los siglos siguientes, la catedral fue escenario de eventos cruciales para Francia y Europa. En 1314, Jacques de Molay, el último Gran Maestre de los Caballeros Templarios, fue ejecutado en la île de la Cité, a las afueras de las obras de Notre Dame, marcando el fin de una de las órdenes más poderosas de la cristiandad medieval. Este episodio no solo simbolizó la lucha por el control entre la monarquía y la Iglesia, sino también la transición hacia una nueva configuración del poder en Europa.

En 1431, Enrique VI de Inglaterra fue coronado rey de Francia en su interior, en medio de la Guerra de los Cien Años, un conflicto que definiría el rumbo de ambas naciones. Siglos después, en 1804, Napoleón Bonaparte escogió Notre Dame para su autocoronación como emperador, un acto cargado de simbolismo que reafirmaba su rechazo al control papal y su voluntad de restaurar el esplendor imperial de Francia.

La catedral también fue testigo de episodios de profunda crisis y renovación. Durante la Revolución Francesa, Notre Dame fue despojada de su carácter sagrado y transformada en un Templo para el “culto a la Razón”, reflejando los cambios radicales en la relación entre el Estado y la Iglesia. Este evento avanzó la separación formal entre la Iglesia y el Estado en Francia, institucionalizada en 1905, que hoy convierte a Notre Dame en una propiedad estatal abierta al culto católico. 

Más allá de Francia, Notre Dame ha sido un espejo de la historia europea. Durante la Segunda Guerra Mundial, la catedral se mantuvo en pie como un testigo silencioso de la ocupación nazi y de la posterior liberación de París en 1944. En sus escalinatas, el general Charles de Gaulle encabezó un “Te Deum”, el himno cristiano de acción de gracias, que celebraba la victoria aliada, marcando un momento de reconciliación nacional y esperanza en un futuro de paz para Europa.

El incendio de abril de 2019, que devastó parte de la estructura, conmocionó al mundo y puso de relieve la importancia de los símbolos en la construcción de una identidad colectiva. Para los franceses, la destrucción parcial de Notre Dame representó mucho más que una pérdida material; fue un golpe a su historia compartida, una herida en el corazón de su cultura. La reacción internacional de solidaridad, así como los esfuerzos por reconstruirla, subrayan la relevancia de este monumento como patrimonio de la humanidad.

Por todo ello, el presidente francés, Emmanuel Macron, cuyo primer ministro acaba de ser censurado por una Asamblea Nacional tremendamente fragmentada, ha encontrado en la reapertura de Notre Dame una oportunidad única para relanzar su proyecto político, haciéndolo el proyecto común y compartido de un pueblo francés hastiado con su clase política. Con la restauración de la catedral, Macron quiere destacar la capacidad de Francia para superar la adversidad y reafirmar su lugar como referente cultural y político en Europa.

“Un símbolo no es simplemente un recuerdo del pasado; es también una guía para el futuro”, decía Paul Ricoeur. Notre Dame de Paris encarna esta idea, recordándonos cómo los símbolos pueden unir a las comunidades políticas en momentos de crisis y apelar al sentimiento de unidad bajo una historia común. Al igual que una catedral necesita de bases sólidas para sostenerse, las sociedades requieren de símbolos que inspiren adhesión y fortalezcan los valores comunes que las mantienen unidas. Los franceses parece que tienen claro cuál es su símbolo… Pero, en nuestro caso, ¿cuál es la ‘Notre Dame’ española?

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