Luis I. Gordillo. 16 diciembre 2024
Opinión. Onda Cero Euskadi. Audio disponible aquí

¿Son las ‘fake news’ un problema para la democracia?
Decía Jonathan Swift, el autor de los Viajes de Gulliver, que «la mentira tiene alas y vuela; la verdad sigue cojeando tras ella».
En la era digital, las llamadas fake news o noticias falsas han encontrado un terreno fértil para multiplicarse a una velocidad sin precedentes. Las plataformas sociales y los medios digitales han permitido que cualquier usuario pueda convertirse en creador y distribuidor de contenido. Sin embargo, este acceso democratizado a la información también ha dado lugar a la proliferación de noticias falsas, un fenómeno que, según muchos, puede socavar los cimientos de las sociedades democráticas.
Una de las principales razones de este auge es la rapidez con la que se consume y comparte la información en la actualidad. Las redes sociales priorizan la inmediatez y las interacciones por encima de la veracidad, lo que favorece la viralización de contenidos emocionales, impactantes o polémicos, independientemente de su autenticidad. Además, las fake news suelen apelar a sesgos cognitivos, como el de la confirmación de lo que ya pensamos o sospechamos, lo que lleva a las personas a creer y compartir información que refuerza sus puntos de vista previos.
Otra razón es la dificultad de distinguir fuentes confiables en un océano de información. La desconfianza hacia los medios tradicionales y las instituciones ha abierto la puerta a fuentes alternativas, muchas veces sin credibilidad, que amplifican informaciones erróneas o deliberadamente manipuladas. A esto se suma la monetización de los clics, donde la creación de contenidos sensacionalistas, aunque falsos, puede ser económicamente rentable para quienes los producen.
En este contexto, una noticia no tiene que ser cierta, simplemente parecerlo para el grupo al que va dirigida. Las fake news pretenden aumentar la polarización, mantener la tensión y lograr así adhesiones más emocionales que racionales a determinadas causas y proyectos políticos. El sistema actual de libertades existentes en las democracias occidentales permite, por ejemplo, que potencias extranjeras puedan intentar influir en sus procesos electorales a través de ejércitos de activistas cibernéticos y de granjas de ‘bots’.
Frente a este problema, se ha intentado instaurar mecanismos nuevos de control como verificadores o fact-checkers que se convertirían así en guardianes de la verdad. De esta manera, parece que unos medios (los verificadores) se convierten en la práctica en órganos de control de otros medios. La Unión Europea y los Estados del viejo continente están reaccionando como era de esperar, proponiendo nuevas normas y regulaciones cuya efectividad real está aún por ver.
En realidad, las fake news no son una causa sino una consecuencia de la evolución que están sufriendo las democracias actuales y los foros públicos. Están desapareciendo los intermediarios informativos y aún estamos asumiendo la generalización de tecnologías disruptivas derivadas del uso generalizado de internet, redes sociales y herramientas de inteligencia artificial.
En medio de la inseguridad que producen las nuevas tecnologías, las propuestas populistas ganan terreno fácilmente, aumenta la polarización política y se produce una intensa batalla por el relato. Los partidos y las instituciones tienen que adaptarse incentivando la responsabilidad ciudadana y haciendo desaparecer el mito de que el Estado va a solucionarles todos sus problemas.
En última instancia, somos los ciudadanos quienes tenemos la responsabilidad de comportarnos con espíritu crítico. Contrastar informaciones antes de compartirlas, acudir a fuentes confiables o educar a las nuevas generaciones en las nuevas realidades mediáticas, son acciones que los ciudadanos tenemos la responsabilidad de implementar.
La lucha contra las fake news no es únicamente un problema de plataformas tecnológicas o gobiernos, sino que es una cuestión de responsabilidad compartida.
La verdad, como advertía Jonathan Swift, puede ser más lenta que la mentira, pero con ciudadanos críticos y educados, puede recuperar su lugar en el centro del discurso público y contribuirá a proteger a la democracia contra manipulaciones interesadas.
Las fakes news no deben ser el problema de la democracia, sino que la democracia debe ser el problema de las fake news.