Luis I. Gordillo. 12 mayo 2025
Opinión. Onda Cero Euskadi. Audio disponible aquí

Mientras el mundo se da una tregua para saludar al nuevo Papa, Estados Unidos y China miden sus fuerzas en la guerra de aranceles en la que están inmersos y Europa hace cuentas para tratar de calcular cuánto le va a costar pagar su propia defensa, los ciudadanos intentamos seguir buenamente con nuestras vidas y asistimos como convidados de piedra a esta compleja partida de ajedrez a varias bandas.
Y mientras nos distraemos con estas cuestiones aparentemente de la “alta política”, hay un tema que pasa habitualmente desapercibido en las relaciones comerciales y que afecta de lleno a la libertad de las personas: la gestión y protección de los datos personales. En la economía del siglo XXI el producto más valioso ya no es un metal dorado o unas piedras preciosas, apenas lo son el petróleo o la nueva categoría que se llama “tierras raras”. El producto más codiciado hoy en día por todas las empresas y por los propios Estados son los datos y, concretamente, los datos de carácter personal. Hay piratas informáticos que se dedican a robar bases de datos con nuestra información básica, preferencias, datos médicos o datos de consumo de los productos más variados.

¿Dónde está el valor de esta “mercancía” digital que luego se vende en el “internet profundo”, en una especie de mercado negro donde se intercambian todo tipo de mercancías legales e ilegales y se paga en criptomonedas? El análisis masivo de nuestros datos personales aporta una serie de información muy importante que permite realizar perfiles de consumidores, analizar potenciales intereses para ofrecernos productos muy concretos o, incluso, intentar estafarnos online, suplantando a nuestro banco, a nuestro proveedor de energía o a Correos. Nuestros datos se han convertido en el nuevo “oro digital”.
Los estafadores online han llegado a perfeccionar tanto sus técnicas que hay veces que es muy difícil detectar que nos están engañando hasta que ya es demasiado tarde. ¿Quién no está esperando algún paquete de un pedido que ha solicitado online? ¿Quién no tiene o ha tenido una cuenta corriente con alguno de los grandes bancos? ¿Quién no tiene o ha tenido a tal o cual operador de telefonía móvil?
Cada vez que se produce algún robo masivo de datos, notaremos dos cosas: primero una carta informativa de la entidad que tenía nuestros datos (y que envía porque le obliga la ley) y, en un par de semanas, un aumento de las llamadas “spam”, seguido posiblemente de algún intento de estafa, pidiéndonos nuestros datos de tarjetas de crédito o algo parecido.
El gran reto del siglo XXI es, efectivamente, el de la adecuada gestión y, por supuesto, el de la protección de nuestros datos de carácter personal, que, como regla general sólo pueden tratarse con nuestro consentimiento expreso y con las máximas garantías por parte de quienes los manejan. Sin embargo, normalmente, somos los propios ciudadanos los que cedemos constantemente nuestros datos: a veces sin ser conscientes, a veces siendo conscientes a medias porque los cedemos a cambio de recibir un servicio gratis. El caso típico es el de las redes sociales, que normalmente no nos exigen pagar una cuota, pero que a cambio nos piden autorización para ofrecernos productos de nuestro interés según un perfil que vamos rellenando o, directamente, dichas redes acaban siendo las propietarias legales de las fotos que vamos compartiendo online.
Por eso, en esta era digital que estamos viviendo, nuestros datos pueden ser particularmente vulnerables. Hemos de revisar las “políticas de uso” de nuestros datos cada vez que contratamos o que realizamos operaciones online, sobre todo cuando vamos a obtener un servicio por el que aparentemente no estamos pagando. Hemos de concienciar a nuestros mayores y a aquellos a los que les está costando más adaptarse al mundo digital, al tiempo que educamos a nuestros jóvenes en un uso responsable de internet y las redes sociales. Y, sobre todo, hemos de denunciar ante las agencias de protección de datos los usos fraudulentos que detectemos. Pero, para garantizar un uso adecuado de nuestros datos, no sólo son necesarias las administraciones, sino que todo empieza por la responsabilidad propia y la educación en el hogar. No hemos de olvidar que el proceso de recopilación, tratamiento y transferencia de nuestros datos es, en sí mismo, un negocio muy lucrativo en el que hay muchos intereses involucrados. Y, sobre todo, hemos de recordar la máxima en el mundo de los negocios, cuando el producto es gratis, el producto eres tú.