La ‘Sopa de ganso’ de Trump

Luis I. Gordillo. 7 abril 2025

Opinión. Onda Cero Euskadi. Audio disponible aquí

En el clásico de los hermanos Marx, Sopa de Ganso, el líder de un pequeño Estado que está aparentemente desequilibrado y que sólo es apoyado incondicionalmente por la principal fortuna del país, le hace un desaire al embajador del país vecino que, secretamente quería anexionárselo confiando en la estupidez de este excéntrico gobernante. El pequeño país de Freedonia (traducido al español como “Libertonia” y que en cierto modo era una caricatura de Nueva York) es arrastrado a una absurda guerra por el primer ministro Firefly, genialmente interpretado por el mayor de los hermanos Marx, y, contra todo pronóstico, acaba venciendo a su vecino aparentemente más inteligente y que se guiaba por las normas clásicas de las relaciones internacionales.

La gran pregunta que se hacen los principales analistas internacionales es si las actuaciones de Trump tienen alguna lógica, obedecen a alguna estrategia o simplemente son el producto de un excéntrico gobernante más próximo al mundo del espectáculo que a la política tradicional.

Pues bien, desde el recorte de gastos en la Administración, tarea que en gran medida ha delegado en su amigo y principal fortuna de país, Elon Musk, hasta el aviso a los europeos de que su defensa tendrán que pagarla ellos a partir de ahora o el establecimiento estos días de una serie de agresivos aranceles a casi todos los socios históricos de EE UU, todas estas actuaciones tienen realmente una relación entre sí y responden, más bien, a la forma que Trump tiene de enfrentar las negociaciones. No hay que olvidar que, ante todo, Trump es un duro negociador, curtido en el especulativo sector inmobiliario y que emplea todos los recursos a su alcance para lograr sus objetivos.

El gran problema de EE UU es su déficit comercial, es decir, la diferencia entre lo que compra al exterior y lo que vende al exterior. Pues bien, el déficit comercial de la primera potencia no hace más que marcar récords y ya supera la friolera de 1,2 millones de dólares. El país más rico del mundo le debe dinero a todo el mundo. Y esta situación solo es sostenible si EE UU es capaz de contener el aumento de este déficit, mantener el dólar como moneda de referencia mundial a un precio relativamente bajo y, además, ser líderes en innovación, para lo cual es necesario atraer talento exterior y facilitar el establecimiento de empresas en su territorio.

¿Qué está haciendo, pues, Trump? Aprovechar el impulso de su contundente victoria electoral para implementar medidas que sabe que serán cuestionadas por gran parte de la población, por sus socios y, sobre todo, por Wall Street. Se ha embarcado en una lucha en la que solo le sirve la victoria total si es capaz de encajar todas las piezas del complicado puzle que tiene ante sí. ¿Cómo lo está haciendo? Aquí es donde está el quid de la cuestión. En lugar de seguir las recomendaciones que los expertos en negociación han prescrito siempre, emplear la inteligencia emocional, encontrar el punto intermedio entre asertividad y empatía, buscar acuerdos que beneficien a todas las partes o evitar poner contra las cuerdas a la otra parte, está desarrollando una estrategia negociadora propia de lo que ha sido siempre, un especulador inmobiliario que tiene un fin muy concreto y está dispuesto a todo para conseguirlo.

Hay quien niega que exista una estrategia por parte del presidente estadounidense y que estas actuaciones son solo ejemplos de un carácter agresivo y de un ejercicio del poder errático y estrambótico, como el del primer ministro Firefly interpretado por Groucho Marx en el clásico del cine del absurdo. El tiempo lo dirá, pero lo que es cierto es que ya hay Estados que se están moviendo y pidiendo mesa en el exclusivo club Mar-a-Lago que Trump utiliza como sede oficiosa de su gobierno. Además, si la reducción de burocracia y de gasto público hace que se asienten nuevas empresas, EE UU podrá recuperar el impulso en innovación, lo que, a su vez, le permitirá impulsar su economía también interiormente y reducir el déficit comercial con otros países. Si además consigue que sus socios comerciales aumenten sus compras de armamento, habrá conseguido lo que otros presidentes antes que él, nunca llegaron a lograr del todo.

Está claro que Donald Trump no es Winston Churchill, pero tampoco parece ser el primer ministro que interpretó Groucho Marx. Entre uno y otro modelo, hay quien se empeña en defenderlo sin fisuras como un líder infalible y quien lo coloca, sin piedad, a la altura de un personaje de circo. Al ritmo que se mueve la política hoy en día, tardaremos poco en saberlo.   

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