Luis I. Gordillo. 30 septiembre 2024
Opinión. Onda Cero Euskadi. Audio disponible aquí (minuto 9:04)

En estos días en los que se está discutiendo en el Reino Unido la enésima reforma de la Cámara de los lores, hay una cuestión que sobrepasa las aulas de Derecho constitucional y que llega a las conversaciones en bares, terrazas y animadas cenas familiares es ¿para qué sirve una segunda cámara, para qué sirve el Senado?
La pregunta no es fácil de responder en estos momentos. La Constitución define el Senado como la cámara de representación territorial, pero ni la práctica institucional, ni los partidos políticos lo han permitido hasta hoy. Todos sabemos que las cuestiones territoriales se dirimen en el Congreso, donde partidos regionalistas, nacionalistas o separatistas se convierten en los supuestos defensores de los intereses de la Comunidad Autónoma donde están implantados.
El Senado español está compuesto por 208 senadores directamente por la ciudadanía en las elecciones generales a razón de 4 por provincia (y alguno menos en las islas) y 58 por parte de los parlamentos autonómicos. Hay dos cuestiones fundamentales hacen del senado una cámara particular:
La primera es su sistema de elección, que aunque pase desapercibido, es un sistema abierto, en el que cada votante puede elegir a qué candidatos da cada uno de sus tres votos en cada provincia. El comportamiento de los electores, sin embargo, hace que casi siempre den sus tres votos a los tres candidatos que presenta el partido político de su preferencia y el que ha votado en el congreso. Esto hace que el partido más votado en unas elecciones generales acabe obteniendo mayoría absoluta en el Senado, como sucede ahora.
La segunda es que los senadores no se organizan internamente por provincias o comunidades autónomas, sino que se organizan en los mismos grupos parlamentarios que están presentes en el congreso, lo que desactiva cualquier debate en clave exclusivamente territorial.
Hay senados que tienen mucho poder, como el de Estados Unidos o el de Alemania, donde por cierto, sus miembros acaban votando en clave territorial y, en todo caso, mirando por los intereses de su Estados. Hay senadores que han defendido históricamente intereses corporativos, como en Irlanda, y hay senados que pueden hacer caer a sus gobiernos como el italiano e incluso destituir al presidente, como el Senado de Estados Unidos.
Hay senados que han sabido adaptarse a los nuevos tiempos, buscando su lugar y su utilidad en la sociedad actual. Así, la Cámara de los lores y el Senado francés destacan por sus interesantes informes técnicos en materia de derecho comparado, que realizan para ayudar y apoyar los trabajos de la cámara baja, sobre la que recae el peso de la elaboración de la legislación del Estado.
El Senado español, sin embargo, no ha sabido encontrar su lugar en el sistema institucional y se ha convertido en una cámara de segunda lectura, de segundo debate y de segunda confrontación. Por otra parte, los partidos políticos tampoco contribuyen mucho a aumentar el perfil político y territorial del Senado, en tanto que suelen enviar a los primeros espadas al Congreso y, salvo excepciones, suelen proponer a candidatos más desconocidos para ocupar los escaños de la Cámara Alta.
En tiempos de menor polarización política, se suele esforzar por pasar desapercibido, no sea que alguien cuestione su existencia y proponga su abolición, como sucedió con la Constitución de 1812 y la republicana de 1931. En este momento en el que las mayorías que controlan el Congreso y el Senado son distintas, en el que las distintas formas de entender el país son tan patentes y en el que existen tantas tensiones entre los gobiernos de las Comunidades, nuestros parlamentarios de una y otra Cámara bien podrían esforzarse por recuperar el sentido institucional y, entre otras cosas, devolver su papel de Cámara de representación territorial a la Cámara alta. Sin embargo, la pregunta ¿estarán nuestros políticos a la altura?