La retórica de la inmigración

Luis I. Gordillo. 10 marzo 2025

Opinión. Onda Cero Euskadi. Audio disponible aquí

Uno de los grandes retos políticos, económicos y sociales de nuestro tiempo lo constituye la gestión de los flujos humanos en un mundo cada vez más conectado.

Se trata de una cuestión compleja que tiene muchas aristas y en la que es fácil dejarse llevar por ideas preconcebidas o por una gran simplificación de las cuestiones, cayendo fácilmente en retóricas populistas o negacionistas.

Todas las sociedades admiten sin ninguna contestación real un cierto número de nuevos miembros, que se conviertan en nuevos ciudadanos de ese país, asumiendo su cultura, sus usos y sus costumbres. También toleran el establecimiento de pequeños grupos, que mantengan sus costumbres y usos propios, siempre y cuando no compitan con el grupo social autóctono, intervengan discretamente en la vida social y se mantengan al margen de los debates públicos buscando un reconocimiento específico. Los problemas surgen cuando, de una manera u otra, el grupo social dominante siente la competencia de los nuevos ciudadanos y teme que sus condiciones de vida puedan verse afectadas.

Además, existen problemas específicos que se dan particularmente en ciertos países que se han convertido en receptores netos de inmigrantes que buscan mejores condiciones de vida y que a menudo son engañados y utilizados por redes de tráfico de personas. Las personas que no alcanzan una rápida integración en sociedades ricas, donde la abundancia se percibe y se ve en la calle, son el objetivo ideal de otros grupos malintencionados o criminales que los pueden arrastrar directamente a dinámicas delincuenciales, alimentando así el discurso del inmigrante delincuente. En estos contextos, en los que las personas no han adquirido un alto nivel de integración social y económica, su punto de referencia sigue siendo su cultura natal a la que las segundas y terceras generaciones suelen idealizar, lo que puede provocar un choque cultural importante que, alimentado por la frustración personal, arrastre a ciertos grupos (sobre todo a los más jóvenes) a procesos de radicalización, como muestran todos los estudios serios sobre la materia.

¿Cómo proceder, entonces? La respuesta no es sencilla. Aquí, tan populista es una política de puertas abiertas sin control, como de puertas totalmente cerradas salvo excepción. Si un país no tiene capacidad de asimilar grandes flujos de inmigrantes y permitirles su adaptación e integración social y económica, mal haría en mantener una política de apertura total de fronteras. Primero porque crea así un efecto llamada alentado por las mafias que venden la tierra prometida a personas desesperadas. También porque hoy puede que no se ven los efectos, pero en unos años la sociedad sufrirá las consecuencias de no haber llevado a cabo una adecuada política de integración. Está también comprobado por los expertos, que los inmigrantes que llegan en familia tienen mayores incentivos para buscar una mayor y más rápida integración. Además, una política de beneficios sociales importante para personas inmigrantes que no esté vinculada a incentivos que favorezcan su integración laboral, que es la base de la integración social, está demostrado que fracasará en el medio y largo plazo.

¿Qué medidas en concreto se pueden adoptar ante este gran reto?

En primer lugar, es necesario establecer una solidaridad entre países miembros de la Unión Europea para acoger a personas que huyen de guerras, persecución o de la pobreza extrema. También sería bueno trasladar esta solidaridad al ámbito interno, es decir, en el caso de España hay regiones, como las Islas Canarias, que están totalmente desbordadas en la atención a inmigrantes, la mayoría de las veces indocumentados que llegan de manera ilegal a sus costas.

Es necesario invertir en integración. Pero no solamente en forma de prestaciones sociales más o menos indefinidas, sino a través de un a política de incentivos que favorezca lo antes posible su integración laboral, social y cultural.

Además, hay que invertir en los países de origen, para que tengan posibilidad de desarrollarse económicamente y, en su caso, como hace la UE, a vincular inversiones y ayudas al desarrollo a políticas democratizadoras y aperturistas en esos países. También hay que mantener un diálogo fluido con los Estados de origen de las comunidades más numerosas para analizar las causas de esta inmigración masiva y, en su caso, establecer cupos con otros países europeos o programas de inversiones específicos.

Finalmente, hay que promover un discurso basado en hechos, llamando a las cosas por su nombre, pero sin caer en discursos populistas de criminalización de la inmigración o de odio al diferente.

La gestión de los flujos migratorios es el gran reto del siglo XXI, ¿estamos preparados para ello? y, sobre todo, ¿están preparados los líderes a los que votamos para ello?

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